En el artículo anterior propusimos una pregunta sencilla: ¿por qué prestar atención a las simbolizaciones?
Partimos de la idea de que gran parte de la experiencia humana encuentra formas de representación simbólica y de que esas producciones pueden ocupar un lugar relevante dentro de la vida psíquica de cada individuo.
Sin embargo, cuando comenzamos a observar las formas concretas mediante las cuales las personas simbolizan aquello que viven, aparece una dificultad evidente. Las simbolizaciones no se presentan siempre de la misma manera. A veces se recuerdan sueños. Otras veces permanecen imágenes persistentes. Hay quienes escriben relatos, diarios o fragmentos de experiencias. Tampoco son infrecuentes aquellas escenas que, sin una razón evidente, permanecen cargadas de significado para quien las vivió.
Precisamente por esa diversidad surge la necesidad de construir formas de organización que permitan observar aquello que de otro modo podría aparecer como una acumulación heterogénea de producciones simbólicas.
Clasificar no reduce la experiencia
En ocasiones podemos pensar que la palabra clasificación remite a la idea de simplificar aquello que resulta complejo o de reducir la singularidad de la experiencia humana a categorías rígidas. Por el contrario, en este caso clasificar significa ordenar y volver visible lo que se presenta fragmentado o efímero para el recuerdo y el relato posterior. Poder nombrar diferencias, reconocer formas, construir cierto orden que permita orientarse dentro de una diversidad que de otro modo permanecería dispersa.
En este sentido, los modos de simbolización no pretenden explicar una experiencia ni determinar su significado. Su función es mucho más modesta. Buscan enunciar algunas de las formas mediante las cuales las personas representan aquello que viven.
Tres grandes modos de simbolización
Dentro del desarrollo conceptual del modelo PAIA se propone distinguir tres modos principales de simbolización: el registro onírico, el registro imaginal y el registro narrativo.
Estas categorías ofrecen un lenguaje que permite reconocer con mayor facilidad las distintas formas que adopta la simbolización. También permiten observar, al menos de manera orientativa, desde qué modalidad de experiencia emerge un contenido: si aparece como sueño, como imagen o como relato.
Registro onírico
Imaginemos a una mujer que se despierta sobresaltada a las cuatro de la mañana. Durante unos segundos permanece inmóvil en la oscuridad, acaba de soñar que atraviesa una ciudad vacía buscando una puerta que nunca logra encontrar y no sabe qué podría significar. Sin embargo, siente que el sueño posee una intensidad particular. Horas más tarde recuerda fragmentos dispersos de aquella escena: la ciudad, la búsqueda, la puerta.
Lo que permanece entonces no es una explicación, es el sueño que perdura como recuerdo difuso. En situaciones como ésta, la experiencia encuentra representación bajo una forma onírica.
Registro imaginal
Una mujer se encuentra caminando por una playa al atardecer. Durante algunos segundos observa cómo la luz del sol se refleja sobre el mar y siente que hay algo en esa escena que no desea perder y toma una fotografía. Años más tarde vuelve a encontrar esa imagen mientras revisa antiguos archivos y descubre que todavía conserva la capacidad de despertar recuerdos, emociones y nuevas asociaciones. La fotografía no constituye únicamente un registro visual de un momento vivido. También representa una forma de conservar una experiencia que, de otro modo, habría quedado librada únicamente al recuerdo. Muchas personas conservan fotografías, dibujos, paisajes, escenas o representaciones visuales que consideran significativas. En estos casos hablamos de registro imaginal y la experiencia encuentra representación principalmente a través de imágenes.
Muchas personas experimentan escenas, figuras, paisajes o representaciones visuales que parecen condensar algo de su experiencia sin transformarse necesariamente en relato. En estos casos hablamos de registro imaginal y la experiencia encuentra representación principalmente a través de imágenes.
Registro narrativo
Al finalizar una jornada particularmente intensa, una persona abre un cuaderno y comienza a escribir. No intenta producir literatura y tampoco redactar un informe, simplemente necesita poner en palabras algo de lo vivido. Durante varias páginas relata escenas, emociones, pensamientos y preguntas que la acompañaron durante el día, cuando termina siente que algo encontró una forma posible de organización y la experiencia se volvió relato.
Muchas simbolizaciones aparecen de esta manera, no como sueños ni imágenes, sino como historias, descripciones, reflexiones o narraciones que permiten construir una secuencia y otorgar cierta coherencia a lo vivido. En estos casos hablamos de registro narrativo.
La experiencia encuentra representación principalmente a través del lenguaje y del relato.
Ningún modo es superior a otro
A veces existe la tendencia a considerar que determinadas formas de simbolización serían más profundas o más valiosas que otras. Sin embargo, no parece existir una razón para establecer tales jerarquías. El sueño no es más importante que la imagen y ésta no es más auténtica que el relato. Cada modo constituye una vía posible mediante la cual una persona representa aquello que vive.
Lo importante no es la categoría, sino reconocer la forma que adopta la experiencia cuando busca representación.
Una clasificación abierta
Esta propuesta no pretende agotar la complejidad de la simbolización humana. Tampoco supone que toda producción simbólica pueda ubicarse de manera perfecta dentro de una única categoría. Con frecuencia los distintos modos se combinan, un sueño puede transformarse en relato, una imagen puede integrarse a una narración y una escena recordada puede adquirir posteriormente nuevas formas de representación.
Por esta razón, los distintos registros de simbolización deben entenderse como herramientas de observación y organización antes que como compartimentos cerrados.
La importancia clínica de los modos de simbolización
La clasificación de los registros no cumple únicamente una función organizativa. Su principal aporte consiste en preservar información acerca de la modalidad de simbolización desde la cual una experiencia es comunicada. Un sueño, una imagen o un relato pueden referirse a experiencias semejantes. Sin embargo, no necesariamente lo hacen desde la misma modalidad de simbolización ni mediante las mismas operaciones psíquicas. Por esta razón, la forma que adopta una producción simbólica constituye en sí misma un dato clínicamente relevante. Desde esta perspectiva, los modos de simbolización no sólo permiten ordenar distintos tipos de producciones simbólicas. También ofrecen elementos para comprender cómo una experiencia encuentra representación y comunicación dentro de la vida psíquica de una persona. La importancia de distinguir registros no reside entonces en la clasificación por sí misma, sino en la posibilidad de preservar información relevante para una lectura clínica situada del material producido.
Conclusión
Las personas no simbolizan siempre de la misma manera.
La experiencia puede aparecer como sueño, como imagen o como relato.
Reconocer estas diferencias no implica establecer jerarquías ni atribuir significados automáticos.
Implica disponer de un dispositivo que permita describir algunas de las formas mediante las cuales la experiencia humana encuentra representación.
Desde esta perspectiva, los modos de simbolización constituyen una herramienta destinada a volver más visible la diversidad de producciones simbólicas que acompañan la vida psíquica.
Psicólogo
Autor del Modelo PAIA